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  • Marco Antonio López Salamanca

CONFESIÓN

Las suelas gruesas y secas de los viejos zapatos Tres Coronas salen del sucio taxi negro y se afirman sobre el pavimento de la calle mientras con su mano izquierda don Julio se aferra al fuselaje del carro sosteniendo su figura flaca que impulsa hacia arriba apoyada en el mango de un paraguas inglés, endereza su cuerpo hasta alcanzar su postura vertical y firme, luego se acomoda la vieja gabardina Corayco refregando y tapando con sus mangas los sellos de tinta negra sobre sus antebrazos donde marcan a los libertos a la salida de la cárcel, en La Modelo.


Sus ojos rasgados miran por debajo de la neblina que sube como una extensa cortina liberando de su cobijo al inmenso lago de Santa María rodeado de árboles y animado por el croar de ranas en concierto y el trinar de pájaros que protestan ante el runrún continuo de la cortadora de pasto que empuja con su cuerpo un joven de piel bien oscura enfundado en un overol azul; don Julio avanza interrogante, lento, observa al muchacho detenidamente y susurra desconsolado “Si… son el mismo dibujo… ojea su reloj y agrega cerrando sus párpados con amargura “Las verdades en ayunas… hacen memoria”.


Entre una nube de polvo expandiéndose a lado y lado de la carretera, se abre paso la rejilla frontal del bus como si fuera la tarasca de un monstruo que grita el sonido de las cornetas con las que anuncia su presencia y pretende ganarle la carrera a la polvareda que el mismo produce yendo hacia la estación de los buses, un potrero sin fin al final de esta cuadra donde acaba el barrio; ahí cerquita don Julio sale de la casa de los Laverde, con una caneca llena de agua acompañado por tres niños cada uno con una totuma con las que rocían la calle, él espera que terminen, recoge la caneca y atraviesa la calle para perderse en el zaguán de su casa a donde llegan unas voces como venidas de la polvareda, al volver la cara hacia atrás la aguda mirada de don Julio se detiene ante tres figuras que no reconoce con la luz del sol a sus espaldas y se niega a entrar con ellos, pero don Julio sonríe por las bocas de dientes blancos que también le sonríen, ¿De parte de Dios o de parte del diablo qué cosa quieren? Los saluda, mientras con la postura enérgica y cortés de su cuerpo los conduce a la salida del portón, obedecido por ellos hasta la luz empolvada de la calle donde los mira inquisitivo y recuerda con sus nombres África o Noche el mayor, son su habla lenta y profunda, “Sabe seño, se ha tomado la casa de nuestros antepasados” el silencio interrogante y sin sentimiento de don Julio, lo llena inmediatamente Pacífico que habla como regañado con los ojos en el piso “Desde cuando esta hacienda era tan grande que no cabía en los ojos” y lo sigue Chocolate el más joven quejándose con afán protagónico “Aquí dormían las muchachas que llevaban p’al servicio del doctor Pumarejo” y cierra África el de piel azulosa que carraspea “Ya sabe seño... la semana que entra aquí le venimos a caer con toda la familia”. Don Julio los contempla con su mirada comprensiva, su voz grave y firme se escucha lenta “Como les parece… los dueños de esta casa son herederos del doctor López, políticos, abogados, sacerdotes todos andan protegidos por la PM, con ellos los voy a estar esperando, tocará el lunes de las ánimas benditas”, enseguida apunta su índice derecho y sentencioso a Chocolate “Yo a usted lo he visto por aquí muy seguido husmeando a las muchachas, les va a encantar conocerlo, sobre todo al cura que todo lo sabe y trata muy bien a los ángeles negros porque a los demonios los queman vivos, por orden del obispo”. Don Julio levanta su mano derecha y en ademán sacerdotal los bendice “Que Dios los acompañe… con su permiso, tengo que hablar esto con el párroco” cierra el portón liberando una sonrisa de satisfacción.


Con el silencio de la cortadora de pasto don Julio regresa de su memoria con la mirada fija en la punta de su paraguas clavado en el piso y sus Tres Coronas anegados con el agua del pasto como respuesta al peso de cada paso que lo oprime contra la tierra; don Julio ahora más cerca de esa piel oscura en movimiento, con las manos apoyadas en el mango de madera del paraguas donde descansa su estómago le atiende un sonido interior un guargüereo que como queja manifiesta su dolor de angustia; indignado por la certeza de los chismes que le llegaron a La Modelo avanza un paso apreciando el silencio y la soledad en toda la extensión de este lago con su rivera verde como espacio para un duelo citado por la vida, la mirada de sus ojos hacia el cielo se detiene en el brillo de la punta redonda del machete que baja veloz y varias veces cortando casi de raíz el pasto que cuelga por el borde del lago en un corto trecho del entorno; las manotas negras clavan el machete a un lado suyo y levantan una piedra grande, medio cuadrada que asientan con fuerza acomodándola al borde del lago, “…fiel copia del papá...” se susurra de nuevo don Julio con un lamento profundo que llena de aire su pecho a la altura del corazón mientras en sus ojos húmedos aumenta la tristeza con que envuelve al muchacho y entonces el aire que expulsa dobla su congoja, y el vacío del aire en su cuerpo pareciera darle dimensión a su memoria.


El golpeteo duro e insistente en el portón de la casa apura el paso de don Julio, abre de par en par las dos hojas del portón con sus brazos sacerdotales bien abiertos, Magola exaltada entra, se recarga contra la pared, toma aire y controlando su ira le entrega a don Julio un extremo de la cabuya con que lleva amarrada a la Mona Matilde como india esclava hacia el patrón y le extiende un paraguas negro y delgado “¡Un día de éstos me la va a coger la policía y al Buen Pastor, va a parar!”.


Don Julio abre el paraguas, examina la araña metálica que estructura su techo de tela negra y da su veredicto bastante preocupado “Es inglés, importado… de dónde lo cogió…” “De la iglesia” rezonga la Mona con lo que se acelera don Julio “¡Vamos…! Se lo entregamos al párroco… Le decimos que alguien lo dejó en el parque” pero se desconcierta ante el llanto contenido que explota en Magola “¿Qué más…?” les pregunta, mientras libera a la Mona que ve calcada de la mamá y el sentimiento adolorido en el pecho de Magola estalla en un susurro, profundamente angustiada “Que pena don Julio… pero no tengo más en quien confiar…” atacada por un llanto que no alcanza a controlar señala a su hija vigilando que nadie los escuche “Anoche no llegó a la casa… ya no sé cómo advertirla, pero ella insiste en ese tal Chocolate, un mugre vago que no sale del billar del San Fernando, chupándole al comandante de policía para que lo meta de tombo y no dejan china quieta, y anoche buscando esta mugre veo allá en el lago un remolino de gente, yo corriendo casi con el corazón en la boca… este año ya van cinco chinas empaladas ahí, pero esta mugre no me oye” un gesto grave de don Julio se le enfrenta al de la Mona “¿Qué pasó…? Y no me mienta porque barro el barrio con ese tipo…” la mirada suplicante de la Mona le niega, lo que calma a don Julio quien pide más “Júreme que nunca se va a meter con ese tipo, júreme” la muchacha le afirma con la cabeza y aprieta los ojos cerrándole la puerta al llanto “Ante la virgen le va a jurar a su mamá” pero el orgullo le puede a la Mona que rezonga “Ya le juré a usted”, y de la larga mano derecha de don Julio se extiende su índice exigiendo silencio “Es que yo no soy su papá”.


El escándalo de la cornetilla atornillada al manubrio de la bicicleta que silba al apretón de la pera con la mano apenas llama la atención del joven de overol azul pero sorprende a don Julio sacándolo de sus pensamientos en el camino de lo que busca en este sitio esta mañana fría y nubosa; incrédulo aprecia la figura madura, fornida y libre de la Mona levitando en una bicicleta, quince años después de la última visita que recibió de ella en la cárcel sentenciado por un delito que nunca aceptó, con su embarazo avanzado soñaron varios destinos para su hijo, pero ese día antes de despedirse estaba asustada con dolores allá abajo y como ya no estaba Magola para ayudarla se iba al Voto Nacional a coger flota para Mosquera donde una amiga, nunca más tuvo razón de ella, “el abandono es una herida que aumenta el dolor de soledad y carcome los intestinos en cada día de visita en la cárcel, viendo y viviendo el cuerpo derruyéndose, tragado por el olvido, tampoco los hijos vuelven de visita” pensó.


Ahora, la angustia le devora el aire y un llanto silencioso con sentimiento de injusticia baña su rostro, obnubila sus ojos y lo obliga a limpiarse con su pañuelo pechero blanco para ver claramente a la Mona impulsando con su cuerpo y pedales la bicicleta sobre el andén hasta el pasto donde se detiene, saca por la izquierda del manubrio su pierna derecha y camina con el vehículo al lado cuidando la canastica delantera atada a los manubrios de dónde saca el portacomidas y deja caer de lado la bicicleta; sonriente, el muchacho de piel oscura se sienta en la piedra donde recibe la primera cacerola con el caldo de costilla humeante de calor y comienza a sorber en la cuchara de palo mientras las manos de ella le acarician su pelo esponjado, en clara expresión materna; don Julio quiere huir, volar, nadie imagina el mordisqueo en el vientre y la presión en el pecho por el miedo a confirmar una verdad que nunca aceptó más la conmoción mental de su culpa contra su voluntad por llegar a esta situación, sintiendo su humanidad corporal sembrada con las raíces de los muertos que guarda este lago, y entre ellos la Magola última víctima del Chocolate, se resigna a la prisión de lo que ven sus ojos, ahora solo tiene libres sus manos comprometidas al pañuelo que limpia su rostro y estimula sus narices a un estornudo repentino imprudente pero liberador que él alcanza a enmudecer con el cuenco de sus manos y que, de alguna manera imperceptible llega a los oídos de la Mona quien instintiva recibe un escalofrío estremecedor cargado de presentimientos, cruza sus brazos sobre sus pechos, sostiene su cabeza cuyos ojos recorren toda la dimensión del lago de derecha a izquierda hasta descubrir esa fantasmagórica imagen al lado de los árboles; la Mona se persigna disimuladamente, logra relajar el vértigo en sus entrañas al proyectar su mirada y reconocer ese cuerpo como envuelto entre la inolvidable elegancia de su vestimenta, cierra los ojos para evadir en su imaginación a don Julio que avanza hacia ella lento, como dicen que avanza un alma en pena, invade la visión de su memoria en la que sigue viéndolo y viviéndolo tan real y presente como hace tantos años, en el granero, en la última esquina del barrio frente a la estación de los buses, donde los choferes y otros trabajadores se reúnen a jugar parqués, cartas, dominó y taba entre cerveza y cerveza hasta emborracharse; ahí está sentado Chocolate o Chocó, como le dicen en la tienda, sus largas piernas abiertas acosando por un petaco de Germania cuando entra la Mona alejándose de él y en ademán saluda a don Julio que bebe cerveza en jarro, bota un prudente eructo y le pone atención a Chocolate que saca una cerveza del petaco acomodado por don Vicente entre sus pies, y la destapa con las muelas; la Mona apenada, comiéndose las uñas, como entre dientes a regañadientes le susurra a don Vicente “Dice mi mamá que si le hace el favor y le manda la cuenta bien detalladita para pagarle”, Chocolate se “jarta” la cerveza de un envión y eructa con fuerza escandalosa, pone la botella lentamente sobre la mesa para contemplarle las corvas a la Mona haciéndole un chasquido de beso a las caderas y con la punta de su zapato le levanta la falda, “Decile a tu mamá que yo pago esa cuenta con tal que me deje hablar con voz” y la Mona por reflejo defensivo libera su falda con fuerza, deja explotar su temperamento quitándose veloz la chancleta derecha impulsándola para golpearlo en el rostro, pero la mano de don Julio la detiene, sienta a la muchacha en una silla abriéndose campo entre ella y Chocolate a quien le ofrece su fundillo apretado con su mano izquierda y lo desafía “Ahora va a tener que cogerme esta pero con la mano” y aprovechando el desconcierto de Chocolate, con su puño derecho le pone un bofetón que le hace levantar las piernas abiertas en cuyo centro recibe un taconazo a los testículos y al piso cae con el estruendo de la silla, seguido sin darle oportunidad de incorporarse y con furia creciente le patea en la cabeza contra el piso de cemento, lo jala de un brazo, lo estrella contra otra mesa y lo arrastra y patea hacia la salida con ira indetenible hasta sacarlo del granero, paseado a jalones de brazos, patadas, bofetones y golpes en la cabeza contra el piso de tierra hasta la mitad de la calle donde le refriega la trompa con el polvo de la carretera, se quita el cinturón y con él le amarra las manos atrás; la concurrencia de El Granero y vecinos del barrio silenciosos rodean a don Julio que con satisfacción, sentencia “Vamos a entregarlo al comandante de la policía… con una cartica de la Junta de Acción Comunal y necesito la firma de todos ustedes”; fue cuando la Mona pudo observar y contener esa sensación de placer ahí abajo apretando y aflojando eso entre las piernas, con el deseo que este señor le ha despertado no podía verlo ahora con ojos de hijastra, sino como mujer a varón viril, el deseo deseado, su héroe conquistador.


Ahora ante esta física realidad de figura huesuda con piel descolorida sólo queda el respeto que inspira la ropa oscura y elegante que viste su cuerpo de ademanes señoriales aprendidos supuestamente en el Seminario Conciliar de Bogotá donde una adolescente le frustró su sacerdocio, esta elegancia conserva el olor a alcanfor que denuncia una vida encerrada, detenida en una espera que ella acaba de desesperar; reconociendo a don Julio en su melancolía la aborda un sentimiento de vergüenza en su cuerpo cargado de pesar por el engaño cultivado y vomitado tantas veces como lo recordó, lo deseó, lo amó y se ha maldecido por cobarde sabiéndolo encerrado pagando una culpa que no fue de él; llenando su cuerpo de insensibilidad ante todo sentimiento que solo dimite al afecto de su hijo, todo lo que siente aquí y ahora es la fuerza por extinguir la potencia de sus deseos y sus pasos sobre el pasto se hacen pesados, ya frente a él, como que se va pero regresa sin mirarlo a los ojos, y con la garganta atenazando las palabras pregunta ¿Cuándo salió?, don Julio le descubre los sellos en sus antebrazos “…ya pagué la penitencia, para salvar a la madre de mi hijo”, casi en un choque nervioso y castigada por la vergüenza, voltea a mirar a su hijo que rasga a dentelladas la carne de los huesos de costilla, ella con la manga de su saco limpia la humedad de sus ojos y regresa al dolor de su confesión “Que no fue suyo”; afirmando con sus lentos y apenados movimientos de cabeza, don Julio indaga, “¿Por qué apareció Chocolate en el lago y empalado?” Ella mira el pasto y la humedad en sus zapatos, levanta la cabeza y fija su mirada en la de él estudiándolo y sabiendo que se juega su libertad confía y se decide “Se desquitó de usted con mi mamá, por eso busqué su refugio pero él lo supo y me abusó, yo iba a ser la siguiente en este lago, pero me ganó la ira y con el alma de mi mamá me le adelanté” luego se disculpa sollozando “yo no sabía del embarazo... y nunca pensé que fuera de él, la vergüenza me prohibió volver a verlo y la criatura no me dejó pedirle su perdón, el nació sin papá… me necesitaba”, don Julio la observa en toda su debilidad la abraza contra su pecho hasta sentir la comodidad de sus cuerpos, al percibir en ella el latido de su corazón suspira profundo y resignado; y la ironía que siempre llega a hacer presencia entre las conciencias reconciliadas, se presenta evidenciando lo obvio “Yo también” y los dos quedan como inocentes criaturas mirando al hijo que se limpia las manos en la pechera de su overol, y con el orgullo de quien está cumpliendo su tarea, ella va pronunciando sus últimas palabras bajito como para que al muchacho no le llegue ni el olor de sus herencias “Ya está terminando el bachillerato, quiere ser Doctor” don Julio detiene su mirada interrogante en el muchacho y lo ve juicioso que enjuaga en el Santa María las cacerolas del desayuno y re-ordena el portacomidas; el cielo ruge con un estruendo grande, don Julio responde al trueno con un reflejo como de escalofrío que recorre su cuerpo pero aprieta a la Mona unos segundos, “Lo va a lograr”, la suelta, sin mirarlos, sin pensarlo, sin dolor ni acusación avanza liviano, su mirada fija en la distancia hacia la avenida atestada ya de buses, carros y camiones cuyo rugido silencia a las ranas y los copetones se levantan en vuelo masivo abandonado el follaje de algunos árboles bajo el gris brillante de esta mañana de sol oculto entre las nubes, alejándose de esos ojos de mujer recuerdo que lagrimean, se quita la gabardina, afloja el nudo de su corbata, libera los botones del saco, su cuerpo se estremece de nuevo envuelto por el aire frío con que lo despiden agua, pasto, bosque y miradas, alarga cada paso dejando atrás el lago como testigo mudo de una confesión con penitencia cancelada, hecha la gabardina por la izquierda sobre el hombro, aspira por boca y nariz un aire que llena la totalidad de su cuerpo y lo bota con la fuerza renovada de sus entrañas con sus brazos extendidos y lanza un grito fuerte, sostenido con sus ojos bien abiertos desafiando al sol brillante que sale de su escondite y lo obliga a cerrarlos; don Julio guarda entre sus párpados esa luz violeta luminosa, signo de la transmutación que acaba de vivir.

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